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HISTORIA: Carta de Monseñor Reilly a Juan Bosch

Prelado de San Juan de la Maguana. Primera carta

Tan pronto Juan Bosch tomó posesión de la presidencia de la República el 27 de febrero de 1963, se iniciaron las críticas a su gobierno, provenientes de empresas privadas, de sindicatos y de la Iglesia. Copiando un párrafo de Frank Moya Pons, de su Manual de Historia Dominicana, vemos que “las ideas de Bosch sobre el ejercicio del gobierno eran populistas y reformistas. Las había aprendido en Cuba y en Costa Rica y resultaron muy avanzadas para muchos en la República Dominicana. Por esta razón, muchos terratenientes, comerciantes, industriales, militares y sacerdotes lo tildaban de comunistas o izquierdista”.

Muchos le escribieron directamente a Bosch, como lo hizo el 31 de marzo monseñor Tomas Reilly, obispo de San de Juan de la Maguana, carta que no se dio a la luz pública. Sin embargo, fue publicada el 24 de abril de 1963, en ocasión de una segunda carta que el mismo prelado le escribió al Presidente y que sí reseñó la prensa. La primera misiva la insertamos a continuación y la próxima semana incluiremos la segunda. No damos explicaciones de lo que estaba sucediendo porque Bosch, finalmente, le contestó al sacerdote, carta, muy explicativa, que incluiremos en una próxima Retro.

La carta de Monseñor Reilly se copia a continuación:

31 de Marzo de 1963
Núm. 410
Su Excelencia:
Sr. Presidente Juan Bosch
Palacio Nacional

Muy distinguido Señor Presidente:

He leído en esta semana con graves preocupaciones los informes de las labores de la asamblea Constituyente que aparentemente va adoptando leyes sobre cuestiones matrimoniales sin darse cuenta del tratado internacional de la República Dominicana con la santa Sede. Si no me equivoco, Ud. (contestando al Dr. Viriato Fiallo durante la campaña electoral dijo que su Partido no quiere estorbar las relaciones armoniosas entre el Estado y la Iglesia bajo el Concordato sino que su Partido se ocupa por los problemas urgentes de reformas económicas para abrir más fuentes de trabajo y levantar las condiciones de los pobres. Formulamos votos con toda la gente sensata que sus vigorosos esfuerzos a este fin tengan un éxito rotundo y además deseamos cooperar en todo lo posible.

Pero comprendemos que reformas económicas están íntimamente relacionadas con reformas morales y religiosas en nuestro país y los representantes de la Iglesia y del Estado firmaron un tratado para “asegurar una fecunda colaboración para el mayor bien de la vida religiosa y civil de la Nación Dominicana”, (la primera frase del Concordato). El simple hecho de que el firmante para la República Dominicana fue Rafael Leonidas Trujillo Molina ha movido a algunas personas a afirmar que el nuevo régimen debe repudiar este tratado. Así debemos denunciar todos los tratados de los últimos treinta años y desbaratar todos los hospitales y edificios públicos hechos por Trujillo. Claro, es un concepto absurdo. Considero que el Concordato es un documento bien ponderado. Su legislación en los asuntos de más importancia representa no los puntos de vista de Trujillo sino más bien las convicciones de nosotros –los Padres espirituales de nuestra gente que conocemos de raíz los defestos (sic), las necesidades y las aspiraciones de nuestras greyes. Y hemos protegido en el Concordato plenamente la libertad de cualquier persona o agrupación que no sea de la Fe Católica.

Ud., Señor Presidente, recodará que en el tiempo en que Ud. fue exiliado de la República, la religión estaba en el suelo y la ignorancia religiosa fue casi universal. La renovación de la Iglesia fue iniciada hace poco más de veinte años; progresó lentamente en una década; pero en los últimos doce o trece años iba cogiendo fuerza. Esto quiere decir que en los últimos años la Iglesia ha podido disminuir graves males sociales que en su gran parte son el motivo del terrible atraso de la nación.

Por ejemplo, en las siete provincias que constituyen esta Prelatura (la región más atrasada del país), el concepto del matrimonio y del hogar cristiano ha desaparecido. En su ignorancia religiosa, la gente no sabía más que el sacramento del Bautismo, las noches de vela, las supersticiones y el vodoo.
Hemos restablecido las Parroquias del sudoeste; hemos fundado centros de enseñanza religiosa y aunque no hayamos podido transformar la región con el limitado personal a nuestra disposición, ya hemos realizado grandes cambios.
En estas siete provincias en el año 1946, había apenas 60 matrimonios religiosos; actualmente nos acercamos a 1,000 matrimonios anuales. Donde no había nada de instrucción religiosa ya tenemos 45 a 55 por ciento de nuestra gente que sabe por lo menos los elementos rudimentarios de la religión de Cristo. Y en otras regiones de la nación, el progreso es notablemente más grande.

Claro si la legislación desfavorable impide nuestras campañas contra la poligamia y el concubinato y desprecia la santidad del matrimonio; si nuevas leyes favorecen y fomentan la espantosa ignorancia religiosa, entonces las reformas económicas que su Gobierno habrá alcanzado serán anuladas por estos graves males sociales. Ud. y yo deseamos sacar a nuestra gente del siglo XVIII y ponerla a ritmo con las naciones avanzadas del siglo XX. Creo que la Iglesia sola no puede hacer esto en esta nación. Creo que el Estado solo tampoco puede hacer esto y ni con la ayuda de los Gobiernos de Europa y de los Estados Unidos. Pero si el Estado y la Iglesia colaboran con aprecio maduro de sus propias esferas, podemos llegar a la meta.

Ud. está ocupadísimo y, por lo tanto, no escribo más. Solamente le solicito no abrir la puerta a discusiones estériles y pleitos innecesarios sobre las relaciones del Estado y de la Iglesia. Esto va a distraer la nación de la cuestión urgente –las reformas económicas.

Si no me equivoco, su gobierno va a encontrar el trato de la Santa Sede eminentemente satisfactorio y que “asegura la fecunda colaboración para el mayor bien religioso y civil de la Nación Dominicana”.
Dios le bendiga a Ud., Señor Presidente y le ayude en todas sus tareas.
Muy cordialmente,

Tomas F. Reilly
Prelado de San Juan de la Maguana.

Por: Naya Despradel
Fuente: Sección Retro de El Caribe
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